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La vuelta al blues de los Rolling Stones

La vuelta al blues de los Rolling Stones

Mick Jagger, Ron Wood, Keith Richards y Charlie Watts en Indio, California, en octubre. Foto: Anjali Ramnandanlall

Septiembre de 1965. Charlie Watts se para frente al micrófono, con un soberbio saco sport. «Uno de nuestros números preferidos», presenta ante un teatro repleto en Dublín. El baterista de 24 años regresa a su modesto kit, y los Rolling Stones se lanzan a «Little Red Rooster», de Howlin’ Wolf, con el riff de Keith Richards que hace da-dá-da-dá batallando con la guitarra slide puntiaguda de Brian Jones. Y mil adolescentes irlandesas reciben cada puñalada de la guitarra con chillidos in crescendo, como si dijeran «esta canción es fabulosa». (Más tarde, el público se embarcará en una verdadera revuelta, subiéndose al escenario; desde ese día Dublín es una parada clásica en las giras de los Stones.)

Diez meses antes, la banda había logrado llevar esa versión cruda del blues de doce compases de Chicago a la cima de los rankings británicos (aunque las radios americanas se negaron a pasarla, sospechando que el gallo del título no era precisamente un pájaro). «Little Red Rooster» sigue siendo el único blues tradicional en haber llegado al Número Uno en el Reino Unido. «Es tremendo», dice Mick Jagger cinco décadas después, un día de fines de octubre en Manhattan, reflexionando sobre aquel logro. Se ríe. «Es una locura. O sea, eso fue algo raro, porque podríamos haber hecho cualquier cosa en esa época y habría llegado al Número Uno. Ese era el punto.» Tiene una camisa blanca con un estampado azul sutil y pantalones negros chiquitos que probablemente sean del mismo talle que sus pantalones a cuadros de aquel escenario irlandés 51 años atrás. Aparenta la edad que tiene, más o menos, o en realidad para nada.

Al igual que con todas las primeras grabaciones de blues de los Stones, Jagger dice que «Red Rooster» fue hecha «por amor». «Eramos chicos», dice, «y estábamos haciendo proselitismo. Los Beatles, hasta cierto punto, hacían lo mismo: hablaban sobre la música que les gustaba, que era siempre música soul». Pero la música de los Stones estaba más firmemente arraigada en sus influencias, y ellos dieron un paso más a la hora de honrarla. En mayo del 65, forzaron a Shindig!, el programa de televisión para adolescentes de Estados Unidos, a que invitara al propio Howlin’ Wolf, y los Stones se sentaron a los pies del hombre de traje de un metro noventa, de más de 110 kilos, y de 55 años mientras rugía «How Many More Years» y saltaba en su lugar, despertando él también gritos en la audiencia. «Cuando salieron esos discos de blues», dice Jagger, «eran, en algún sentido, para su público, música pop. Los escuchaban como nosotros escuchamos a Kendrick Lamar. Para mí, sacá los géneros por un minuto y es todo música pop».

Ahora, los Stones regresan al blues con Blue & Lonesone, una colección de 12 canciones, en su mayoría grabadas en vivo en el estudio, y originalmente interpretadas por gente como Little Walter, Jimmy Reed y, otra vez, Howlin’ Wolf. Es el primer disco de los Stones que no tiene ningún original de Jagger-Richards; incluso su debut tenía un par de intentos de composición. Grabar Blue & Lonesome fue fácil: les llevó tres días. «Se hizo solo», dice Richards. Pero como señala Ronnie Wood, también es el producto de «una investigación de una vida, realmente».

Decidir cuándo y cómo editarlo fue más complicado. «Yo le decía a la discográfica», dice Jagger, «‘¿Pueden hacer que esto sea música pop, si quieren? ¿Es vendible?'». El disco salió de unas sesiones que iban a ser para un disco de temas originales de los Stones, y que todavía está en sus primeros pasos. Jagger se preguntaba si quizás no era mejor esperar a terminar ese primero, y lanzarlos juntos.

Pero por otra parte, la última vez que los Stones lograron terminar un disco de estudio fue en 2005, con A Bigger Bang. «La compañía discográfica probablemente pensó: ‘Bueno, el otro nunca va a llegar'», dice Jagger, transformando esos labios en una sonrisa enorme. «‘Mejor saquemos éste’. No los culpo. Yo probablemente habría hecho lo mismo. ‘Tengo algo ahora, mejor editarlo’.»

Lo más extraño de Blue & Lonesome es en todo lo que Jagger y Richards están de acuerdo. Los dos hombres, actualmente en su cuarto año de tregua luego de que unos fragmentos cáusticos en la autobiografía de Richards casi arruinaran una reunión por el 50 aniversario, están genuinamente contentos con el revival de la música tradicional. Desde afuera el proyecto puede parecer una cosa más de Richards, el estilo de jugada retro que lo caracteriza, mientras que el Jagger de la imaginación de los fans estaría ocupado tratando de trabajar con, por poner un ejemplo, The Chainsmokers. El cantante dice que el estereotipo no está del todo errado, pero que en este caso, «estábamos los dos igualmente entusiasmados. Yo igual que todos los demás».

«Este es el mejor disco que jamás haya hecho Mick Jagger», dice Richards, que siempre fue fan del estilo de Jagger en la armónica, que florece en el nuevo disco. «Era ver al tipo disfrutando lo que realmente hace mejor que nadie.» Hace una pausa. «Además, la banda no está tan desgastada.»

Incluso después de que su primer frenesí por los covers amainara, los Stones nunca dejaron de tocar viejos temas de blues, tanto en el escenario como, especialmente, en los ensayos. Las 200 horas de las sesiones de Exile on Main Street, por ejemplo, estaban puntuadas por varias versiones de covers, con la idea de despejar el aire entre el parto de una canción nueva y la siguiente. Dos de ellos -«Shake Your Hips», de Slim Harpo, y «Stop Breakin’ Down Blues», de Robert Johnson-terminaron en el disco de 1972. («Es como el jengibre en los restaurantes de sushi», dice Don Was, co-productor de Blue & Lonesome. «Te limpiás el paladar.»)

En 1968, Jagger le dijo a Rolling Stone que la banda siempre había querido ir más allá del blues. «¿Qué sentido tiene escucharnos hacer ‘I’m a King Bee'», dijo, «cuando podés escucharlo a Slim Harpo?» Pero en sus mejores momentos, los Stones no estaban meramente imitando a sus inspiraciones. No eran puristas, con la posible excepción de Jones; los fans del blues los miraban de reojo por tocar temas de Chuck Berry en sus primeros recitales. Entre los hipsters del R&B de Londres de principios de los 60, «siempre había esa clase de psicología inversa», dice Richards. «Cualquiera que tuviera un hit era un pedazo de mierda.»

«Estabas forzado a tener un estilo purista, porque si eras una banda de rock no te contrataban», recuerda Jagger. «Así que inventamos que éramos puristas del blues para que nos contrataran. La verdad es que en los ensayos tocábamos cualquier cosa -Ritchie Valens y Buddy Holly.»

La irreverencia marcaba su interpretación del blues. Su versión frenética y con aplausos de «I Just Want to Make Love to You», de Muddy Waters, en 1964, le debía mucho a Bo Diddley, una mezcla fresca que involuntariamente colaboró con el nacimiento del rock de garage. Los Stones tampoco hacían bien el riff de «Red Rooster», y lo tocaban más como «Mannish Boy», de Muddy Waters, y al mismo tiempo apoyándose en la elegante versión de soul de Sam Cooke de 1963. (Eric Clapton recordó lo que le costó a Howlin’ Wolf enseñarle la versión original al grabarla en The London Howlin’ Wolf Sessions, de 1971, cuando el hombre mayor le gritaba: «El tema no hace nada de lo que vos pensás que hace».)

Y en 2016, Jagger está finalmente listo para admitir que los Rolling Stones tienen algo para agregar a esta música. «El tema con el blues», dice, «es que cambia en incrementos muy pequeños. La gente reinterpreta lo que sabe -Elmore James reinterpretó los arreglos de Robert Johnson, y también Muddy Waters-. No digo que nosotros estemos dando los saltos que ellos dieron, pero no podemos evitar reinterpretar las canciones».

En diciembre del año pasado, los Rolling Stones se juntaron en los British Grove Studios, propiedad de Mark Knopfler, en el oeste de Londres, para empezar a trabajar en un conjunto de canciones originales. Jagger es deliberadamente impreciso acerca de la naturaleza de esos temas. «Espero que sea un disco muy ecléctico», dice. «Espero que una parte sean los Stones más reconocibles y otra parte sean quizás unos Stones que todavía no escuchaste nunca.»

El estudio de Knopfler es impresionante, equipado con una mezcla ideal de aparatos antiguos y modernos, con techos altos y pisos relucientes de madera clara. Era un ambiente totalmente ajeno para los Stones. «Yo conozco a los Rolling Stones», dice Richards. «Yo sé que si están grabando canciones nuevas en una sala que no les resulta familiar, van a pasar semanas hasta que se acostumbren a la sala.» Así que Richards le dijo a su colega guitarrista Ronnie Wood que se aprendiera «Blue and Lonesome», el lado B de Little Walter de 1965, de una tristeza apocalíptica, como para romper el hielo. (Wood recuerda que esta sugerencia le llegó por fax, mucho tiempo antes de que empezaran las sesiones.)

En 1965, los Stones forzaron a Shindig!, el programa de TV para adolescentes, a invitar a Howlin» Wolf. Foto: Michael Ochs Archives/Getty Images

El segundo día en British Grove, Richards sintió que su predicción era real. «La sala me está peleando», recuerda haber pensado. «Está peleando contra la banda. El sonido no aparece.» Sugirió que tocaran «Blue and Lonesome», Jagger agarró una armónica en la escala apropiada, y la banda se mandó dos tomas rápidas. «De repente», dice Richards, «la sala nos obedecía y pasaba algo: había un sonido y era muy bueno».

Una de esas dos tomas terminó en el disco, y es extraordinaria, con Wood tocando una frenética primera guitarra; Richards aporreando acordes enormes y fatales; Watts fantástico con el arreglo elegantemente contenido del original; y Jagger dejándolo todo en la armónica, cuando no está entregando una de las interpretaciones vocales más descaradas de su carrera. «Baby, por favor, vuelve a mí», implora. Después, Jagger -quien dice que ya estaba considerando hacer un disco de blues con los Stones desde antes- sorprendió a todos pidiendo más covers. Esa noche fue a su colección de MP3, y volvió al día siguiente con más ideas para canciones.

Y para seguir con el carácter azaroso del ambiente, apareció un invitado especial. El primer día, Eric Clapton estaba mezclando un disco suyo de casualidad en British Grove cuando asomó la cabeza en la sala de los Stones. El guitarrista, que los había visto tocando recitales de blues cuando era adolescente, quedó atónito. «Eric apareció, y tuvo la misma reacción que habría tenido un fan», dice Was. «Estaba maravillado de estar tan cerca de algo tan icónico y poderoso. Tenía una mirada increíble.» Le pidieron a Clapton que zapara en dos canciones, y terminó agarrando una de las guitarras de Richards, una Gibson semihueca, en lugar de las Strato con las que supo tocar después de 1970 -lo cual lo ayudó a recuperar el tono más gordo de su época con los Bluesbreakers: podés escuchar a la banda aplaudirlo al final de «I Can’t Quit You Baby».

Todo pasó tan rápido y naturalmente que la banda nunca charló verdaderamente sobre lo que estaban haciendo, y ni siquiera reconocieron que estaban haciendo un disco nuevo. «Yo ni tuve tiempo para cambiar la guitarra», dice Wood. «Veían uno tras otro. Era como: ‘OK, hagámoslo; éste, éste otro’. Algunos de los riffs más difíciles me estaban haciendo sangrar los dedos, y Mick me decía: ‘¡Vamos, hagámoslo de nuevo!’. Y yo decía: ‘¡Paren! ¡Mis dedos!’. Fue un trabajo verdaderamente duro, pero me encanta.»

Para Jagger, fue una buena oportunidad para darse el gusto de tocar la armónica, un tema que despierta un entusiasmo incongruentemente geek en él. «Si hubiera sabido que iba a tener que hacer esto», dice, «habría pasado un par de días practicando, porque a veces hago eso, me siento en casa y toco. Es bastante fácil, realmente; o sea, ponés cualquier cosa, unos discos de Muddy Waters». (Muddy «Mississippi» Waters – Live, un disco de 1979 con Johnny Winter, es uno de los preferidos de Jagger para esta actividad.)

Las voces de Jagger también impactan por su autoridad. El gesto camp que alguna vez le puso al género ya no está, y lo reemplaza algo más oscuro y profundo, quizás reflejando el peso de algunas pérdidas sufridas en la vida real. «Podés meterte en las canciones como alguien de 70 años», dice Was, «de un modo que no podías a los 21, porque no habías experimentado esas cosas».

«En algunos de estos temas sueno bastante viejo», retruca Jagger, «y en algunos no. Algunos suenan como cuando tenía 20 años y cantaba estas cosas. Yo no quería sonar así. ¡Se suponía que tenía que ser más maduro!»

Cuando Muddy Waters estaba en Inglaterra en 1966, un periodista le preguntó al blusero de 53 años lo que pensaba sobre Jagger y los Stones. «Agarró mi música», supuestamente dijo Waters, «pero me dieron un nombre». Técnicamente, por supuesto, lo que pasó fue que Waters les dio su nombre a los Stones, con su single «Rollin’ Stone», de 1950. Pero él estaba hablando metafóricamente: Waters probablemente no habría estado tocando un show grande en Londres si no fuera por los Stones.

Los Stones nunca cuestionaron su derecho a cantar y tocar blues. Lo que ahora algunos consideran una apropiación cultural, en sus cabezas no es ningún pecado. «No creo que hayamos pensado en eso», dice Jagger, antes de lanzarse a un largo e ilustrado discurso sobre la primera época del jazz, cuando una serie de músicos blancos como Bix Beiderbecke fueron rápidamente asimilados al género, pero «las quejas eran por el hecho de que los blancos hacían más dinero».

Richards tiene su propia respuesta para este asunto. «Yo soy más negro que el puto as de piques, man», dice con cara de póker. «Preguntale a cualquiera de los hermanos.» Sigue: «Cuando era chico, yo no sabía de qué color era esta gente. Obviamente, es historia. Pero también hubo esclavos blancos. Desde hace mucho tiempo que hubo canciones de trabajo. Egipto. O judíos, de hecho. O sea, la gente hace esto desde el inicio de los tiempos».

Al final, Jagger pregunta retóricamente: «Este influjo de extranjeros y gente exterior en la tradición del blues, ¿lastimó a la música o la ayudó? Los intérpretes con los que hablé, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, cuando estaban vivos, pensaban que había ayudado. Hay un intercambio».

Buddy Guy, ocasional compañero de zapadas de los Stones, y adalid del blues de Chicago, está de acuerdo. «Ellos hicieron mucho por la gente del blues, especialmente los negros», dice Guy. «Estaban poniendo la música donde nosotros nunca la habíamos puesto, y le estaban diciendo al mundo quiénes éramos nosotros. No es que aparecieron y dijeron: ‘Bueno, esto es nuevo’.»

Incluso antes de los Stones, los bluseros de Chicago apoyaban a músicos blancos -Muddy Waters era mentor del armonicista Paul Butterfield en los 50, por ejemplo-. Y los Stones eran cercanos a la gente de Chess Records, empezando por su peregrinación a las oficinas del sello en 1964, donde se hicieron amigos de Waters. (Hace mucho tiempo que Richards sostiene que Waters estaba pintando el techo cuando ellos aparecieron; Marshall Chess lo negó, pero el guitarrista sigue seguro de que esto ocurrió: «¿Por qué lo inventaría?».)

«Muddy te hacía sentir que eras realmente parte de esto», dice Richards. «El te introducía. Y Howlin’ Wolf era igual. No había nada de ‘Bueno, no sabía que los blancos podían tocar así’. Conectamos, y no les impresionaba particularmente de qué color fueras, ni nada. Por supuesto, Muddy y los demás sí reconocieron que por alguna razón, los Stones habían llevado esta música de vuelta a Estados Unidos, y la habían vuelto más popular. O no tanto más popular, pero habían despertado atención por ella otra vez. Y por eso yo estoy eternamente orgulloso, y es probablemente la única manera de la que me voy a ir al cielo.» Lanza una risa larga y estrangulada.

A diferencia de lo que suele suceder con muchos de los guitarristas de blues, a Richards nunca le interesó demasiado ser el pistolero de la primera guitarra. Le fascinaban más los músicos de ensamble, como los hermanos Myers, que tocaban con Little Walter. «La idea era que la banda encajara», dice. «Un solo rápido, corto, afilado por aquí y, pum, genial. Pero de otro modo, para mí, la fascinación siempre pasó por el hecho de que cuatro o cinco tipos pudieran crear un sonido mucho más grande que la cantidad de miembros que hay realmente involucrados.»

Richards está convencido de que el rock perdió su groove, su «roll», cuando se distanció de sus raíces afroamericanas, con la llegada del bajo eléctrico hace más o menos 60 años. «A mediados de los 60», dice, «tenías al peor guitarrista de la banda tocando el bajo. Así que hacía plunk-plunk-plunk, y eso es algo muy europeo».

Y de paso, comparte otra opinión: «O sea, Jimi Hendrix», dice Richards. «Lo amo muchísimo. Increíble. Arruinó la guitarra. Ese sonido como de chillido de una motosierra. Es lo que dicen de Coltrane con los saxos. Un músico fantástico. Desafortunadamente, arruinó el instrumento, porque después de eso todo el mundo gruñía con el instrumento.»

En octubre, cuando los Rolling Stones se subieron al escenario del Desert Trip en Indio, California, algunas ideas empezaron a cruzarse en la cabeza de Jagger. «Era 30 metros más ancho que nuestro escenario normal», dice Jagger, «que de hecho ya es bastante ancho, y yo usualmente corro. Y escuché que nadie más fue ahí, aparte de mí. ¿Así que para qué mierda construyeron el escenario?»

«¿Era sólo para mí? Y yo pensaba: ‘¿Cuánto tiempo más puedo hacer esto? ¿Cuánto tiempo más puedo correr un escenario de cien metros?’ No sé la respuesta. Todo el tiempo que pueda. ¿Y después tengo que dejar de tocar en vivo cuando no pueda correr los cien metros del escenario? ¿Es así? ¿Significa que tengo que parar? ¡Nadie más está usando el escenario de cien metros!»

Desde por lo menos 1986, Richards viene sugiriendo que Jagger simplemente debería pararse frente al micrófono y cantar, una idea que hace que Jagger mire para arriba. «Qué buen consejo, Keith», dice, con un sarcasmo cáustico. «Gracias. Es muy útil. El debería dejar de tocar la guitarra. ¡Vamos! Hay otras opciones además de ‘¿Vas a correr los cien metros o te vas a sentar?’. ¡Podés moverte un poco entre medio!»

Keith Richards junto a Muddy Waters en 1981. Foto: Michael Halsband

Aunque Jagger culpa al campo polvoriento por un episodio reciente de laringitis -y originalmente cuestionó la idea de un festival de «gente vieja, de más de 70 años, todos blancos e ingleses, tocando todos la misma música»-, la banda la pasó bien en el Desert Trip, y lo consideraron como una reunión de gente que no se ve desde los años de la secundaria. Además, estaban todos particularmente felices de ver al reciente ganador del Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan, quien llevó ropitas para las mellizas de seis meses de Wood. Wood y Watts le preguntaron a Dylan cómo se sentía acerca de su honor. «Y él dijo: ‘No sé'», recuerda Wood. «‘¿Cómo debería sentirme? ¿Es bueno?’. Yo le dije: ‘Me estás cargando. Todos pensamos que es genial y que te lo merecés’. Y Dylan dijo: ‘¿Sí?’.»

Richards está en las oficinas de su manager en SoHo, desplomado majestuosamente en un sofá marrón junto a un póster viejo de los Stones. En los pies tiene puestas las mismas Nikes rojas que Dylan notó cuando se vieron en Desert Trip: «Lindas zapatillas», le dijo Dylan, a lo que Richards contestó: «Pensé que no las ibas a notar».

Richards tiene un abrigo gris, jeans cómodos y una remera que dice DO NOT X-RAY. Tiene una vincha estilo rastafari con los colores del arcoíris y un Marlboro prendido en la mano. Por primera vez en su vida adulta, Richards perdió su flacura esquelética. Su cara está más rellena. Parece casi. saludable. Su lesión en la cabeza en 2006 significó «adiós a la cocaína», dice. «Ya estaba harto de eso. Era un hábito.» Después de dejar, dice, «compensás todo lo que no comiste y lo que no dormiste». Mientras que Wood no toma alcohol desde 2010, e incluso dejó el cigarrillo por el nacimiento de sus hijas, Richards no lo llevó tan lejos. «Tomo algo de alcohol», dice. «Y me gusta un buen pedazo de hash. O de porro. ¡Escuché que el porro es legal!»

Finalmente, Jagger y él parecen haber encontrado una paz genuina. «Lo amo», dice Richards. «Eso no significa que no me pueda enojar cada tanto, y no tengo dudas de que él también. Pero tenés que perdonar y olvidar, y también, yo diría que el 89% del tiempo estuvimos completamente de acuerdo. Pero la gente sólo escucha sobre el 11%, ¿no?, cuando todo se prende fuego. ¿Qué serían los Stones sin eso? Si tuviéramos la máquina perfecta, y estuviéramos todos siempre completamente de acuerdo, probablemente seríamos insípidos. Es increíble que los dos estemos vivos. Yo celebro la vida de Mick. ¡El siempre es cinco meses más viejo que yo!»

En su libro, Richards se quejaba de que no entraba al camarín de Jagger desde hacía décadas. Eso no cambió, pero el guitarrista dice que ya no le importa. «El hecho es que Mick y yo no queremos pasar tiempo juntos antes de subir al escenario», dice. «El tiene una rutina para prepararse para el escenario. Yo tengo una fiesta.»

Los Stones están conversando acerca de hacer más shows el año que viene, y tienen la verdadera intención de trabajar en ese disco de canciones originales. «Hay entre 10 y 12 canciones nuevas que estuvo preparando Mick», dice Wood, «y Keith tiene alguna también». Richards sugiere que al menos algunas de las canciones pueden ser composiciones inacabadas que se remontan a más de 15 años.

Todos estarán pronto en Nueva York para la inauguración de Exhibitionism, un museo temporario de los Rolling Stones que incluye una reproducción del sórdido departamento que compartían Jagger, Richards y Jones cerca de 1963, y algunos artículos de colección como, por ejemplo, la grabadora de casetes que Richards usó para hacer el demo de «(I Can’t Get No) Satisfaction». Mientras estén en la ciudad, Richards está tratando de convencer a los demás de hacer algunas grabaciones, lo cual quizás sea demasiado difícil. Jagger está seguro de que van a terminar el disco, «pero no sé cuándo, porque uno quiere que sea muy bueno y todo lo demás».

Todos comparten una curiosidad casi científica acerca de su futuro como banda de rock & roll ya sumergida en su sexta década de carrera. Una vez más, la pregunta es la misma: ¿cuánto tiempo más puede durar esto? «Creo que nosotros estamos tan interesados en descubrirlo como todos los demás», dice Richards. «Pero, man, acabamos de hacer un recital hace una semana, y estábamos tocando ‘Brown Sugar’ y me di vuelta y le dije a Charlie Watts: ‘Esta vez nos salió bien’.»

A los 75 años, Charlie Watts es el miembro más viejo de los Rolling Stones, y también tiene el trabajo más demandante desde lo físico. Entendiblemente, sufre dolores de espalda, según Wood. No está claro qué harían los Rolling Stones sin él, y es una idea que Richards se niega a contemplar. «Charlie Watts jamás va a morirse o retirarse», dice Richards. «Se lo prohíbo.»

Jagger no parece tener muchas ganas de conversar sobre su propia mortalidad, al menos en entrevistas. Pero si le recordás que ya convenció a todo el mundo de que va a vivir para siempre, te dispara sin pausa: «No voy a vivir para siempre».

Richards sabe exactamente cómo le gustaría irse, y está seguro de que los doctores van a querer «mirar bien de cerca el hígado» cuando esto ocurra. «Me gustaría palmarla magníficamente», dice, disfrutando de la idea. «Sobre el escenario.»

Brian Hiatt

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